Por Esteban Rodríguez*
*Docente e investigador de la UNQ y UNLP.
Autor de “Justicia mediática” y
“Derecho a la comunicación.”
Hasta hace un tiempo el método de Lanata era la entrevista, pero ahora,
cuando nadie quiere ser entrevistado por Lanata -porque nadie se presta a sus
descalificaciones-, apeló al monólogo. Lanata es la versión degradada de Tato
Bores. Va hilvanado sus descabelladas hipótesis apelando al titeo, el insulto,
la grosería, el chiste fácil y la chicana, los deportes preferidos que Lanata
cultiva desde hace años. Ejercicios retóricos que cuentan de antemano con la
complicidad de la corte de adulones y los seguidores que no dejarán de reír y
festejar cada una de sus “boberías”. La risa, que permanece como telón de
fondo, es patética, porque si es cierto lo que dice Lanata, que la Argentina
está a punto de sucumbir… la pregunta que se impone es ¿de qué se ría toda esa
gente?
Lanata habla para la hinchada y le habla como se habla en la calle.
Lanata es el periodista compinche y hace periodismo jugando al truco. Todo el
programa está guiñando el ojo, haciendo muecas como Lilita Carrió. La
complicidad –que averiguamos en el voseo, la vehemencia discursiva, la
recurrencia a una adjetivación negativa, el tremendismo, el doble sentido, el
uso sistemáticos de las malas palabras- es la forma de sellar un pacto de
lectura con la audiencia. Lanata no tiene que ponerse a rendir cuentas porque
le habla a la gente que siente como él y sobre todo que sabe las reglas de
juego que ha dispuesto. “Vos ya sabes de que estoy hablando”, “Vos ya no
conoces” repite Lanata como un mantra en cada programa.
Lanata no se indigna como Magdalena porque tampoco se asombra. Sabe que
dado A puede ser D o F, nunca B. Lanata se las sabe todas! Cuando nosotros
fuimos, él fue y vino diez veces por todos nosotros. La parodia es la manera de
mostrar que no lo van a pasar fácilmente. Lanata, además de canchero, es
perspicaz. Maneja información, tiene fuentes. Lanata “sobra” porque le sobran
pruebas. Ni siquiera tiene necesidad de apelar a entrevistas porque sabe de
antemano lo que le van a decir. Pero cuando recurre a ellas los reportajes se
parecen a un examen. De allí que cuando el interlocutor pisa el palito y se
deschava, se vuelve una confesión. Por eso las preguntas de Lanata no
interrogan, se disponen para dejar constancia de todo lo que sabe Lanata.
Lanata, finalmente, es un egotrón y altanero. Está siempre en el centro
de la escena. No hace noticias, él es la noticia. Lanata no busca la verdad
sino el espectáculo. Emplea frases ejemplarizantes y pontificadores que
clausuran cualquier discusión. Desdramatiza la historia cuando parodia la
realidad. Sus operaciones de prensa nos recuerdan a un viejo programa de humor
de los hermanos Sofovich: operación ja-ja!
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